El viernes fue la graduación de mi segundo hijo.
Salí temprano de casa, pues tenía más de dos horas de viaje y no quería llegar tarde.
A las 8:20 ya me fui a la estación del tren para dirigirme a Donosti, ya que la carrera la cursó en la Universidad de esa ciudad.
Cuando llego a la máquina para sacar el billete, me doy cuenta que apenas tengo lo justo para coger un billete de ida.
Esa parada es un apeadero, sin taquillas con personal, sólo una máquina para los billetes. El tren estaba por llegar y no tenía tiempo de buscar cambios en otro lugar.
Con los nervios de las prisas y del día tan importante que sería, no me di cuenta dónde ponía las monedas en la máquina.
El caso es que las metí en la ranura equivocada y me quedé sin dinero, sin billete,…el tren ya llegaba y yo tenía que ir sí o sí a esa hora, pues si no me perdía la graduación,…y no pensaba perder esa oportunidad de compartir ese momento especial con mi hijo.
Así que, y sin tiempo a pensármelo dos veces, me fui al tren, sin dinero suelto, sin billetes y con los nervios a flor de piel.
El trayecto era de dos horas. Siempre que he ido a Donosti, y a la vuelta, en el tren ha pasado el inspector para ver los billetes. Por lo que imaginaba que ese día no sería diferente.
Me senté y saqué un librito de poemas de Mario Benedetti para pasar el tiempo.
Cada dos por tres miraba a un lado y a otro esperando que entrara ese temido inspector, no sabía qué le diría, pues si le decía la verdad igual ni me creería,…pero es que no tenía otra razón más convincente que no fuera la verdad, aún a riesgo de que me tomara por boba de remate.
Entre mirada y mirada al vagón, entre espera y espera a un hombre que no llegaba, intentaba centrarme en la lectura del libro que tenía,…pero me costaba bastante, no era capaz de concentrarme,…
Cuando iba a cerrar el libro de poemas, veo uno que desconocía,…
Era largo, vi cómo empezaba:
” No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes, pero el Jardín Botánico es un parque dormido...”
Ahí me paré un rato y seguí leyendo.
Entonces me olvidé del billete, del inspector y del momento que vendría después,…sólo me centré en lo que leía y que me enganchó desde el primer párrafo.
Lo volví a leer un par de veces y cada vez me gustaba más.
Le puse una marca para saber dónde estaba y poder ponerlo en mi blog.
Y pasó el tiempo, llegábamos a Donosti, y el inspector no pasaba.
No podía creer la suerte que estaba teniendo, nunca me había sucedido algo así.
Hablo con mi hijo por teléfono desde el tren y se lo cuento. Él me responde que para salir de allí hay que meter el billete en otra ranura que abre a los laterales como unas puertas de cristal y dejan salir.
Puff!! ya imaginaba que no sería tan sencillo escabullirse sin dar explicaciones.
Salí del tren hacia la salida donde me esperaría mi hijo, todavía no había llegado, así que a la chica que iba delante de mí le dije que si no le importaba que saliera con ella a la vez. Ella metía el billete y salíamos juntas.
Ella me dijo que sí pero tenía que ser sincronizado, porque podríamos quedarnos las dos atrapadas sin poder salir.
No sé qué pensaría la chica, pero no me lo pregunté ni me puse a dar explicaciones de por qué no llevaba el billete. Sólo quería salir e ir a ver la graduación.
Al rato de salir vino mi hijo a buscarme y ya se estaba riendo de mí por lo sucedido y el despiste de su madre.
La graduación fue maravillosa,
ni el contratiempo del
billete pudo apagar la chispa e ilusión que sentía por ese momento.
Mi hijo me regaló la banda morada que le pusieron para la graduación y que guardaré como recuerdo de un día tan especial.
Cuando terminó ya iba de vuelta al tren de nuevo. Esta vez llevaba un billete que me dio mi hijo para que no me pasara lo mismo.
No podía estar más tiempo ya que me esperaba mi hijo mayor para el paseo de la tarde.
Tenía más de dos horas de viaje hasta llegar a casa de nuevo.
Y sí, a la vuelta, pasó el inspector: alto, fuerte y muy serio, que no paraba de mirar mi billete, pues es con descuento por familia numerosa. Me pidió el carnet y DNI para comprobar que era yo, me miró en más de una ocasión y apenas se movía del lugar, pues aunque iba a otros vagones volvía al que yo estaba.
Será que sospechaba lo que había pasado a la ida?…
Será el color morado de mi ropa que ese día me hacía diferente?…
Será mi cara de buena persona que tenía y de no ser capaz de viajar sin billete?...
Será, sobre todo, la cara de orgullo y felicidad que mostraba por lo que acababa de compartir con mi hijo?...
No lo sé,…puede que esto último sea lo que más le hizo quedarse en el vagón hasta que se bajó en su parada,…el caso es que libré a la ida, y a la vuelta ya no importaba que pasara o no el inspector…
Y, después de mi odisea del día y de mi gran suerte, quiero compartir aquí este gran poema de Benedetti que formó parte de ese día, algo loco, pero muy especial para mí.
uxue...
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
en el que uno puede sentirse árbol o prójimo
siempre y cuando se cumpla un requisito previo.
Que la ciudad exista tranquilamente lejos.
El secreto es apoyarse digamos en un tronco
y oír a través del aire que admite ruidos muertos
cómo en Millán y Reyes galopan los tranvías.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico siempre ha tenido
una agradable propensión a los sueños
a que los insectos suban por las piernas
y la melancolía baje por los brazos
hasta que uno cierra los puños y la atrapa.
Después de todo el secreto es mirar hacia arriba
y ver cómo las nubes se disputan las copas
y ver cómo los nidos se disputan los pájaros.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
ah pero las parejas que huyen al Botánico
ya desciendan de un taxi o bajen de una nube
hablan por lo común de temas importantes
y se miran fanáticamente a los ojos
como si el amor fuera un brevísimo túnel
y ellos se contemplaran por dentro de ese amor.
Aquellos dos por ejemplo, a la izquierda del roble
(también podría llamarlo almendro o araucaria
gracias a mis lagunas sobre Pan y Linneo)
hablan y por lo visto las palabras
se quedan conmovidas a mirarlos
ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero es lindísimo imaginar qué dicen
sobre todo si él muerde una ramita
y ella deja un zapato sobre el césped
sobre todo si él tiene los huesos tristes
y ella quiere sonreír pero no puede.
Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico
“ayer llegó el otoño
el sol de otoño
y me sentí feliz
como hace mucho
qué linda estás
te quiero
en mi sueño
de noche
se escuchan las bocinas
el viento sobre el mar
y sin embargo aquello
también es el silencio
mírame así
te quiero
yo trabajo con ganas
hago números
fichas
discuto con cretinos
me distraigo y blasfemo
dame tu mano
ahora
ya lo sabés
te quiero
pienso a veces en Dios
bueno no tantas veces
no me gusta robar
su tiempo
y además está lejos
vos estás a mi lado
ahora mismo estoy triste
estoy triste y te quiero
ya pasarán las horas
la calle como un río
los árboles que ayudan
el cielo
los amigos
y qué suerte
te quiero
hace mucho era niño
hace mucho y qué importa
el azar era simple
como entrar en tus ojos
dejame entrar
te quiero
menos mal que te quiero”.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero puede ocurrir que de pronto uno advierta
que en realidad se trata de algo más desolado
uno de esos amores de tántalo y azar
que Dios no admite porque tiene celos.
Fíjense que él acusa con ternura
y ella se apoya contra la corteza
fíjense que él va tildando recuerdos
y ella se consterna misteriosamente.
Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico
“vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
sólo de a ratos parecía
que iba a vivir
que iba a vencernos
pero los dos fuimos tan fuertes
que lo dejamos sin su sangre
sin su futuro
sin su cielo
un niño muerto
sólo eso
maravilloso y condenado
quizá tuviera una sonrisa
como la tuya
dulce y honda
quizá tuviera un alma triste
como mi alma
poca cosa
quizá aprendiera con el tiempo
a desplegarse
a usar el mundo
pero los niños que así vienen
muertos de amor
muertos de miedo
tienen tan grande el corazón
que se destruyen sin saberlo
vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
y qué verdad dura y sin sombra
qué verdad fácil y qué pena
yo imaginaba que era un niño
y era tan sólo un niño muerto
ahora qué queda
sólo queda
medir la fe y que recordemos
lo que pudimos haber sido
para él
que no pudo ser nuestro
qué más
acaso cuando llegue
un veintitrés de abril y abismo
vos donde estés
llevale flores
que yo también iré contigo”.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
que sólo despierta con la lluvia.
Ahora la última nube ha resuelto quedarse
y nos está mojando como alegres mendigos.
El secreto está en correr con precauciones
a fin de no matar ningún escarabajo
y no pisar los hongos que aprovechan
para nadar desesperadamente.
Sin prevenciones me doy vuelta y siguen
aquellos dos a la izquierda del roble,
eternos y escondidos en la lluvia,
diciéndose quién sabe qué silencios.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero cuando la lluvia cae sobre el Botánico
aquí se quedan sólo los fantasmas.
Ustedes pueden irse.
Yo me quedo.
(Mario Benedetti
“A la izquierda del roble”)