Hace unos días me regalaron una canción. Una canción especial, la desconocía y me gustó desde el primer momento que la escuché. Sobre todo por su significado y por el detalle del regalo.
Una canción con un gran mensaje que nos da qué pensar.
Merece la
pena escucharla, dejándose llevar por la voz de esta gran cantante y quedarnos
con un mensaje positivo, de esperanza.
A menudo, los pequeños detalles son los que marcan la diferencia, haciendo que un día sea especial.
"Hay un largo camino y es
difícil de andar,
pero siempre habrá alguien junto a ti, en el mismo lugar"
...Volar
sin red, caminar sin red, cruzando la mar,
el espacio no es más que subir y subir y llegar más allá,
y este mundo puede ser mejor cuando mires a tu alrededor.
Hay un largo camino hacia la libertad,
pero vale la pena descubrir que se puede llegar.
Hay un largo camino y es difícil de andar,
pero siempre habrá alguien junto a ti, en el mismo lugar.
Recobrar lo perdido, cada cual con su fe,
sin fronteras ni miedos que romper, empezando otra vez.
Volar sin red, caminar sin red, cruzando la
mar (cruzando la mar).
El espacio no es más que subir y subir y llegar más allá.
Ven a andar el camino donde estamos tú y yo,
intentando encontrar el amanecer de otro día mejor.
Recorre el camino, cada cual con su voz,
si te pones al paso avanzarás con la misma canción.
Es tan largo el camino (es tan largo el camino)
que te lleva hasta el sol (que te lleva hasta el sol),
si te fallan las fuerzas, llámame, seguiremos los dos.
Se acaba el verano. Un verano que nos ha servido para descansar y recargar las pilas. Un verano tranquilo y sorprendente.
Mi hijo vino el viernes de las colonias, ayer empezó en el Centro de Día y ya retomamos nuestros paseos con normalidad.
En esta nueva etapa quería hacer algo diferente, sobre todo los fines de semana, quería cambiar la rutina de los paseos, tanto de lugar como de tiempo de recorrido.
Mi compañero de paseos anda muy bien, tiene mucho aguante y le relaja mucho el caminar al aire libre. Así que lo comenté con un amigo que nos acompañó y nos animamos a este nuevo cambio.
Para mí sola es más complicado sobre todo en distancias largas, pero yendo con otra persona se reparte la fuerza y responsabilidad.
Conocía el monte Gorbea, un lugar precioso que merece la pena visitar. Había ido en más de una ocasión, pero nunca llegué hasta la cruz del monte, y tenía muchas ganas de ir allí.
Tenía dudas de si mi hijo aceptaría el cambio, pues está tan acostumbrado a su rutina, la cual le da seguridad, que pensé no me dejara realizarlo.
Previendo una posible rebeldía suya, lo que hicimos fue dejar el coche justo al lado del portal, para que al salir a la calle no tuviera opción de ir a otro lado.
Al principio se resistió un poco, pero al ver el coche y montar en él aceptó, aunque es cierto que estaba desconcertado, se le notaba en la cara por la forma de mirar a todo, sin hacer ruido e intentando encontrar algo que se le hiciera conocido para poder orientarse y saber a dónde íbamos.
Partimos hacia nuestra aventura de ese día. Llevábamos la comida, el camino sería largo y no daba tiempo a volver a casa para comer.
Fuimos hasta un pueblo llamado “Pagomakurre”, allí dejamos el coche, no se podía avanzar más en vehículo, y, mochila encima, empezamos a subir poco a poco.
Hacía fresquito, aunque de vez en cuando salía el sol que calentaba y nos tentaba a quitarnos el jersey, pero cuando pasábamos un buen trayecto se escondía entre las nubes y el viento del norte nos obligaba a abrigarnos de nuevo.
Mi hijo seguía algo indeciso, poco a poco empezó a reconocer el lugar, pues había ido con su padre en más de una ocasión, y aumentó la velocidad de su paso acompañado de ruidos y palmas. Los demás paseantes miraban hacía atrás sorprendidos por el ruido y luego retomaban su recorrido.
Ambos íbamos de la mano como en los paseos diarios, la subida se hacía bastante dura pero se podía avanzar sin agobios.
(Foto sacada de Internet)
Cuando empezaba la parte más dura y con mayor desnivel nos sentamos a descansar un rato, comer algo de fruta y chocolate para reponer fuerzas, ya que nos harían falta para el último tramo, el más duro, la subida a la Cruz, de casi una hora y con bastante pendiente.
Estábamos subiendo cuando mi hijo empujaba de la mano para que fuéramos por otro camino, más empedrado y con mayor pendiente.
Yo pensé que estaba cansado y no quería subir, pero que va, lo que quería era ir por ese lado, desde allí veía a la gente subir a la cruz del Gorbea. Quisimos cambiarle el camino pero se sentaba y no nos dejaba hacerlo. Así que decidimos ir por donde él decía.
Imagino que cuando fue anteriormente a ese lugar iría por ese tramo, que era menos transitado, porque estaba seguro de hacia donde tirar.
La subida se hizo dura, el tirar de la mano de él y cuidar que no nos cayéramos, aumentaba la dificultad.
Al final llegamos a la cruz. Un lugar precioso con una vista espectacular. Allí hacía un aire fuerte y muy fresco.
(Cuando llegamos a la cruz)
Nada más llegar a la cima mi hijo se sentó en la piedra, contento de su nueva hazaña, un reto logrado con esfuerzo y muchas ganas. Hicimos algunas fotos y pronto emprendimos la bajada, porque el aire frío se metía muy adentro.
Si la subida fue dura en cuanto la dificultad, la bajada para mí fue mucho peor. Mi hijo nos daba la mano a los dos para mayor seguridad. Ellos tiraban por delante y a mí me costaba seguirles. Le decía a mi hijo que me soltara para ir a mi ritmo, pero nada, se empeñaba en colocarse en el medio y bajar los tres a la vez. En algunos tramos quería bajar por donde subimos, aunque aquí sí que logramos encauzar su camino, ya que la pendiente de bajada en el otro lado era peor, sobre todo yendo de la mano con él. Él bajaba con rapidez, por lo que intentábamos no caernos, tarea nada fácil en ese lugar y a esa velocidad.
(Mientras bajábamos)
Cuando llegamos nos sentamos en un lugar con mesas y las vacas como compañeras, pues estaban justo al lado, aunque con los ruidos de mi hijo se asustaron y alejaron de nosotros, pero no muy lejos del lugar.
(En el merendero)
Después de comer fuimos a tomar un helado y a casa, a refrescarnos y descansar, por ese día había sido suficiente.
Entre la subida y bajada tardamos unas cinco horas. Se puede hacer en menos tiempo, pero lo tomamos sin agobios y descansamos en un par de veces para tomar algo.
Ya sabiendo que puedo cambiarle la rutina a mi compañero lo haré en más ocasiones. Nos cansaremos más, pero merecerá la pena por conocer nuevos sitios como este maravilloso lugar.
(Foto sacada de Internet)
Todos disfrutamos del paseo, tanto del paisaje tan maravilloso como de la compañía.
Han pasado tres días y aún tengo agujetas sobre todo por la bajada, de tanto contener las piernas para no caerme. Pero ha merecido la pena. Seguiré yendo al monte y poco a poco mi cuerpo se adaptará a este cambio. El aire del monte me ayuda a respirar mejor, el andar me relaja mucho, haciéndome sentir muy bien.
Mi hijo ha disfrutado mucho del paseo y le ha venido genial, como a nosotros. Lo volveré hacer más a menudo. Unas veces con él y otras veces con unos amigos y por otros lugares que con mi hijo sería más difícil de subir.
Tengo la suerte de vivir en un lugar privilegiado, rodeado de montañas. Me gusta pasear y disfrutarlo. Es cuestión de animarse, ponerse unas botas, ropa cómoda y con la mochila y mucha ilusión salir a caminar, sintiendo el aire en la cara y poder admirar un paisaje espectacular, en toda su inmensidad y belleza.
uxue...
(Video sacado de Internet)
El monte Gorbea es la cumbre más alta del macizo montañoso del mismo nombre, situado en los montes vascos, a caballo entre las provincias de Alava y Vizcaya en el País Vasco. Tiene una altura de 1.482 metros y su cima está coronada desde 1899 por una cruz metálica, de la que ha habido diferentes versiones. La actual es de 17,23 metros de altura. Es un tradicional punto de referencia del montañismo vasco y corazón del Parque Natural del Gorbea
La semana pasada vine del pueblo, en el que estuve de vacaciones, sin la familia y con la curiosa compañía de una salamandra, que se asentó en mi casa antes de mi llegada, como queriéndome dar la bienvenida. Al principio me asusté, pero ahí la dejé, pues me dijeron que era buena para ahuyentar los mosquitos y arañas.
Necesitaba estas vacaciones, para poder desconectar de todo el ajetreo del año y descansar, que falta me hacía.
Cuando volví, tenía ganas de salir un rato de fiestas, de hacer algo diferente y aprovechar lo que queda de este verano caluroso, pero agradable.
Y qué mejor manera que yendo a Bilbao a disfrutar de su fiesta, su gente y el ambiente de risas y cantos, que nos ayudan a retomar después el duro año que nos espera.
El sábado por la tarde salió por primera vez, dando comienzo a las fiestas de la ciudad, “Marijaia“, un personaje ficticio, icono o símbolo de la semana grande de Bilbao.
Disfruté desde el primer momento, estuve con unos amigos y todos cantamos y bailamos al ritmo de una música de hace más de cuarenta años y que tantos recuerdos nos trajeron.
También vimos los fuegos artificiales que eran espectaculares.
Ayer fui de nuevo a Bilbao, con los mismos amigos y con los padres de uno de ellos.
El hijo sabía cuánto le gustaban a sus padres el conjunto que iba a cantar, “Los cincos bilbaínos”, y les llevó en coche hasta el lugar para que disfrutaran de ese momento tan especial.
El sitio estaba preparado con sillas, pues sabían que iría mucha gente mayor, como así sucedió, se llenaron todas y habían mucha más gente de pie. Me impresionó mucho la vitalidad de la madre del amigo, de 86 años, no se sentó en ningún momento y se ponía a bailar y seguir las canciones a medida que las iban cantando.
Era ella quien nos animaba a nosotros, a cantar y nos cogía del brazo para que bailáramos.
Había momentos en que nos hacía las mismas preguntas, como si olvidara algo,…sobre todo con cosas que habían sucedido hace poco, detalles recientes. En cambio, las letras de su juventud las recordaba perfectamente y las vivía con una alegría inmensa.
Me encantó sentirla tan alegre, ver cómo cantaba y nos miraba. Sus ojos eran pícaros y vivarachos, sonreía muy a menudo y siempre estaba dispuesta a participar del jolgorio y la conversación que teníamos los demás.
Comimos en un lugar precioso, con las montañas como fondo, el tiempo maravilloso y la compañía de este matrimonio lo hacía aún más especial.
Cuando comimos nos pusimos a cantar,…hacía tiempo que yo no cantaba en plan de cuadrilla y una vez que empecé me animé y allá que participé con los demás.
Los padres del amigo también se animaron a cantar, la madre no paraba de reír y de mirarnos, y de vez en cuando nos soltaba alguna broma que nos hacía reír y sentirnos bien.
No recordaba haber pasado un día tan agradable en mucho tiempo, y sobre todo por esta pareja de ancianos que con su alegría y vitalidad me enseñaron una gran lección:
Esa alegría interior que trasmiten con tanta fuerza dejan huella en quienes tienen la suerte de convivir con esta gente, de quienes disfrutan de un momento con ellos.
Yo tuve esa suerte, estuve con ellos, disfruté, me emocioné y les admiré,…
La edad está dentro de cada uno…es cierto que los años hacen que la mente falle, que el cuerpo se resienta y se canse, pero la sonrisa, las ganas de disfrutar cada momento,…la chispa interior,…la que sale de dentro de cada uno,…ese momento no tiene edad y siempre estará ahí hasta que dejemos de existir,…
uxue...
"Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena".