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lunes, 13 de febrero de 2012

Recuerdos agridulces



A veces escucho o leo algo que me afecta. En mi impulso de responder enseguida lo hago sin reflexionar y después de dicho ya no hay vuelta atrás, no se puede borrar. 
Es como el papel arrugado, que por mucho que lo quieras poner en su forma original nunca lo lograrás. 
Así pasa con las palabras, que una vez dichas ya no tienen vuelta atrás y el daño está hecho.

De  un tiempo a esta parte lo que hago es escribir lo que se me ocurre y luego lo guardo, sin enviarlo hasta que no esté segura.
En la mayoría de los casos ha sucedido que lo he borrado sin llegarlo a enviar, pues el daño que puedo causar con lo que diga no es justificable para aliviar mi mente.
Y después me he sentido mejor por ello, en paz. 

Si mi respuesta es hablada ahí es más difícil controlarme, pues respondo al momento,…pero incluso de esta manera intento pensar antes de hablar.
No siempre lo consigo aunque es un reto y compromiso conmigo misma.


Hoy es uno de esos días en el que después de varios borradores de respuesta a un escrito que me  ha afectado,  he llegado a la conclusión que lo mejor es dejarlo estar, terminar de una vez por todas y seguir adelante.

Sin embargo, aun ganando esta lucha interior entre responder o callar, la sensación que queda es de decepción, de impotencia y de perder definitivamente algo, a alguien,  que apreciaba de una manera especial.


La memoria es sabía, almacena en la mente aquello que significó mucho para nosotros y que nos enseñó. Y elimina lo  que nos perjudica.

A mí me sucede eso, que si un recuerdo  me está perjudicando, muevo la cabeza mentalmente y lo alejo de mí…me relajo y empiezo de nuevo.
Lo aprendí de niña,  en la soledad del internado, cuando alguien me hacía daño y no podía defenderme, cerraba mi mente y no permitía que esa persona, después de que se hubiera ido, siguiera haciéndome daño  con el recuerdo .



Hará  más de cinco años empecé construyendo un castillo especial.
Un castillo lleno de ilusiones,…Un castillo donde yo era la princesa…Un castillo donde existía un príncipe,…Un castillo lleno de sueños y fantasías.

…Pero era un castillo de arena.

Aunque, en ese momento no quería reconocerlo, en mi interior sabía que así era. Pero mientras se levantaba, mi vida iba cambiando y con ella la promesa de  un futuro  de cuento de hadas, con el que siempre había soñado una mujer luchadora,  desde que era una niña, hace tantos años...

Los castillos en la arena son bonitos cuando se  están construyendo. El entusiasmo que se pone en ese momento es muy grande.
 
A veces van perdiendo arena y la vamos añadiendo de nuevo  para que quede como lo dejamos, resistiéndonos a que desaparezca. 
Era tan enorme la ilusión que se había puesto en ello que se hacía lo imposible para que se manteniera en pie.
...Pero ya nunca quedará como al principio, cada  pequeño derrumbe le afectará,...nunca será igual.

…Y llega un momento en que este castillo, por mucho que se quiera mantener en pie, se derrumba y deja de existir.

Al principio este castillo se cuida mucho, a base de sueños y promesas.
Tantos sueños, tantas promesas,....

Sin embargo, los sueños, cada vez más lejanos, las promesas incumplidas, el cansancio, la falta de ilusión,... hacen que el castillo vaya cediendo poco a poco  y pierda consistencia. 

El tiempo es muy  sabio.  Ayuda a olvidar, también ayuda  a pensar y  a darnos cuenta de  que no podemos estar toda la vida pendientes de un castillo de arena que en cualquier momento se destruirá.

Entonces es cuando hay que aceptar esa realidad, cuando hay que dejar que el castillo se derrumbe y con ello los sueños que existían mientras creíamos en él y lo construíamos.


No me arrepiento de haberme atrevido a romper con todo lo que me daba seguridad en ese momento y arriesgarme a construir el castillo de arena.
No me arrepiento,...porque es tanto lo que he aprendido, es tanto lo que he sentido,…es tanto lo que he amado en esos momentos….que eso quedará como un recuerdo que nunca olvidaré.


Y  durante esa época de construcción y aprendizaje es cuando crecí realmente y cuando empecé a sentirme dueña de mi vida.



Por todo esto y por  mucho más, es por lo quiero callar,  dejando a un lado los impulsos y el orgullo. 
Quedarme con lo que en verdad merece la pena, con los momentos tan especiales mientras el castillo iba formándose. 
Conservar los sueños creados en ese momento, con las risas y las lágrimas.

...Y con mis nuevos recuerdos, que siempre formarán parte de este baúl tan especial, que empecé siendo niña y que seguirá conteniendo los sueños que formaron parte de mi vida y  deseo conservar.



Hoy es el momento pasar página definitivamente, dejando a un lado los imposibles y empezar una nueva construcción real, con una base  más consistente, más segura y con nuevos sueños.


…Porque el soñar forma parte de la vida, porque nunca dejaré de hacerlo,...y porque sé que después de la lluvia siempre vendrá el arco iris, lleno de maravillosos colores, que nos ayuda a ver la vida con más ilusión.


uxue  






sábado, 2 de julio de 2011

Se abre de nuevo el baúl de los recuerdos...La etapa adulta...


Foto sacada de Internet y del barrio donde  viví el  mes de julio



Se abre de nuevo  el baúl  de los  recuerdos.  Ha estado cerrado durante un tiempo, en espera a poder meter esos momentos que fueron especiales en mi vida y que deseo también formen parte de ese baúl.

Hoy serán los  primeros recuerdos en la edad adulta, cuando ya mi vida cambió de rumbo de una manera radical.

En la vida de todos  hay  tristezas, decepciones, sueños incumplidos,….dolor.  Todos lo hemos tenido. 
Este tipo de recuerdos los intento sacar adelante afrontarlos cuando se pueda y luego olvidarlos, o por lo menos dejarlos ahí a un lado,  sin dolor y con el aprendizaje que nos han dejado los momentos más duros de la vida. 

Estos no estarán en el baúl.
No  permitiría que un recuerdo que me ha hecho daño formara parte de mi vida y destruyera lo bueno que he conseguido, nunca…


También existen los  recuerdos más felices de nuestras vidas, aquellos que nunca debemos olvidar porque son  nuestro motor, nuestro aliento, el empuje para seguir adelante y sobre todo para levantarnos. 
Estos recuerdos tampoco entrarían en el baúl porque  deben salir  a flote siempre que los deseemos. No necesitamos guardarlos para rememorarlos, forman parte de nuestro día a día, de nuestros sueños y nuestra razón de vivir.


Pero hay otro tipo de recuerdos, esos momentos entrañables  que  han formado parte de nuestra vida,  que recordamos  con nostalgia y cariño.
Esos recuerdos que,  echando la mirada  hacia atrás,  nos hacen sonreír e incluso llorar de emoción, pero sin sufrir.

Dentro de estos momentos  que metería hoy en el baúl  está uno de manera especial porque cambiaría mi vida para siempre…Cuando vine al País Vasco.  
  
Conocí  a mi pareja  en Madrid, haciendo él la mili allí. Él es de aquí y tenía aquí su familia y su trabajo. 

Recuerdo que vine en julio  para conocer a su familia. Acababa de terminar la carrera de magisterio y tenía vacaciones del trabajo. Cogí  el autobús que me traía de Madrid a Bilbao y allí me esperaba mi pareja. 
Ambos muy jóvenes, con una mochila llena de ilusiones  y un camino largo que andar. 

Era un  viernes,  cerca de las once de la noche cuando llegamos al caserío, el que sería mi hogar por un mes.  Aún en la oscuridad se vislumbraba un sitio precioso,  pero hasta el día siguiente no me daría cuenta de la belleza  real del lugar.

Cuando entré por el portalón el  primer saludo fue el ladrido  de  los tres perros   que no aceptaban a una  nueva intrusa.
Ya dentro me esperaban los padres  y el hermano de él. Me dieron la bienvenida  cordialmente con ese reparo que da el no conocer a la otra persona y andar con cuidado con la primera impresión que se da de uno mismo. 

Pero en esa cocina también había otra persona a quien le daba lo mismo lo que los demás pensáramos. Una mujer mayor, alta y  delgada, con mucho carácter, con las arrugas  que dan el haber trabajado tantos años en el campo,…y sin pelos en la lengua para decir lo que pensaba. 
Esa  persona era la matriarca de la casa,…la abuela,…quien mandaba allí.
Su primera palabra fue…”Gabon” (buenas  noches)…con eso ya me daba a entender  lo que me esperaba si quería hablar con ella.  Ella  no sabía castellano.  …Y yo no sabía euskera. Y teníamos que convivir juntas un mes.

Al principio fue duro, pues entre ellos hablaban vasco,  por la abuela sobre todo y porque era su lengua, a mí me hablaban castellano al principio pero luego también lo hicieron en euskera. 
Tengo que agradecerle a mi pareja y a  la abuela,  la constancia en hablarme así, pues fueron ellos dos  quienes  más me ayudaron a aprender el idioma, escuchándolo y animándome hablarlo, corrigiéndome y respetando mis tiempos y meteduras de pata.

Ambas mujeres, la abuela y yo,  éramos habladoras  y nos entendíamos…cada una con su carácter y en su sitio. Cuando una de las dos discutía, que se daba en más de una ocasión, pues le gustaba imponer su criterio, entonces cada uno hablaba su idioma sin entendernos.  
 Con el tiempo yo adquirí  ventaja, pues en menos de un año la entendería perfectamente y poco después lo hablaría con soltura. 
Es una de las cosas que más me ha satisfecho de haber llegado a esta tierra, el haber aprendido el idioma para luego poder hablarlo a mis hijos y entendernos todos…es su cultura y forma parte de sus raíces.




 Foto sacada de Internet que pertenece a esa zona


Sigo con mi primer contacto en el caserío…

Cuando  salí afuera la primera mañana y contemplé las montañas, el cielo azul, el prado tan inmenso que había,…entonces me enamoré del lugar y sus alrededores, ya formaría parte de mi corazón y de  mi vida.

Recuerdo que después de desayunar no sabía qué hacer, ayudé en la casa un poco a la abuela, pero no nos podíamos entender.  Yo quería estar en el prado, con los demás,…y allá que me fui, a investigar y  ver qué hacían.

En los caseríos los meses de junio y julio son de los más duros, es la época de la hierba, para secarla, cortarla  y guardarla  para que el ganado tenga comida en invierno.

Cuando llego al prado donde trabajaban  les digo si puedo ayudar,…me miraron y  se miraron entre sí, imagino que calibrando si una chica de ciudad sería capaz de hacer algo allí; el padre cogió un rastrillo del suelo y me lo dio, me explicó cómo se hacía y a partir de ahí fui una más en esa vorágine de  trabajo.
Los primeros días se me formaron  callos en las manos, pero poco a poco se  fueron  curando,  haciéndose al trabajo del campo  y adquiría maña con el rastrillo. 
Solíamos ir al prado varias veces al día, pero sobre todo después de comer a pleno sol para dar la vuelta a la hierba y que se secara del todo, pues si no se pudriría en el camarote. Luego la hacíamos montones para subirla al tractor con horcas, eso lo hacían ellos que para mí era demasiado pesado.
Al final  dejaban la hierba para guardarla  en su sitio,   me subía al camarote,  y entre la madre de mi pareja   y yo pisábamos la hierba para que entrara lo máximo.

Ahh!!  Nunca se me olvidará  la primera culebra  que vi, se le llaman “culebras ciegas”  porque no ven, pero que están debajo de la hierba y si las pisas eran malas, pero si no les hacías nada se iban. La vi el primer día, al poco de empezar a recoger la hierba,…me quedé parada y muda de miedo, ya que las serpientes son los animales que más temo…
Me dijeron que no hacía nada y seguí adelante con mi rastrillo pero con ese temor de encontrarme con otras…que ya sería habitual en mi nueva andadura por esos campos. 




Este es el camino que lleva al prado y que pertenece al caserío donde viví  un tiempo

En agosto fui  a Madrid  a ultimarlo todo: dejar el trabajo,  despedirme de mis amigos y familia, y en octubre  volvería  aquí definitivamente a casarme en la ermita del mismo barrio,  con un cielo precioso que dejaba ver las montañas limpias e imponentes, llena de sueños y esperanzas ante una nueva vida, alejada de mi familia y de todo lo que había formado parte de mi vida desde los ocho años.

Antes del año de casados  vendría el  primer  hijo: precioso, de casi cuatro kilos y medio, grande y  fuerte, con unos pulmones y energía impresionante. Con ganas de gritar y decirle al mundo que aquí estaba él…, Esta parte  ya forma parte de los recuerdos  siempre estarán en mi mente.

Recuerdo, y sonrío mientras lo pienso, cuando  al día siguiente de nacer mi madre vino al hospital desde Madrid, pues pidió permiso en el trabajo para verme. En un momento oyó gritar a un niño y nos dijo que qué pulmones tenía ese niño, a lo que mi marido le dijo: “madre, ese bebé  que chilla a todo pulmón  es tu nieto”…recuerdo su expresión cuando me miró, luego se rió.

El bebé era un tragón y crecía rápido, empezaba a moverse y sonreía mucho, gritaba haciendo honor a lo que su abuela decía…que tenía unos buenos pulmones,… una preciosidad. Era mi vida, lo que más quería en el mundo.

Y cerca de los seis meses de nacer,  la vida cambió de forma radical para todos…

Desconcierto, preocupación, pruebas médicas, crisis continuas, incertidumbre, pronósticos, incredulidad,…… y al final,...con apenas seis años el informe definitivo, no era posible: 
Síndrome de west, epilepsia, discapacidad mental  severa,…autismo, operaciones,… puffff!!! 

Demasiadas palabras para unos padres  primerizos que desconocían  casi todo eso. Demasiadas cosas para un niño que tendría que afrontarlas durante toda su vida…demasiado para asumir de golpe.

Pero  éste es un  recuerdo que no va al  baúl, porque ya pasó…, porque se aceptó y se superó. …Porque la vida continúa y había  que salir adelante,…porque el amor supera cualquier  dificultad y barreras, y… porque gracias a esto  todos  nos hicimos más  fuertes  y valientes,  desafiando a la vida,  viviendo el día a día  y ahí  empecé  a valorar lo que de verdad merecía la pena. 




 Foto sacada en el paseo de la tarde con mi hijo



En esta vida todos tenemos nuestros propios tesoros, unos logrados por el esfuerzo y otros son   los que nos da la vida por el mero hecho de nacer y ser personas. 

Lo triste es cuando sabiendo que tenemos un tesoro no sabemos valorarlo y vamos en busca de lo que no tenemos,…queriendo más.

Yo tuve un tesoro por muchos años, el tesoro que me dio la vida,…y ya sea por inmadurez emocional, por orgullo,…o por lo que fuere, no lo supe valorar cuando lo tuve.  El tesoro desapareció para siempre, murió,…y con el tiempo es cuando me di cuenta de lo que tuve y lo perdí. 
Ya era demasiado tarde para recuperarlo.  Me reconcilié con ello, y eso sí que forma parte de un buen recuerdo.


Tengo más  tesoros en mi vida, mis tres hijos ante todo, y la gente que quiero y me quiere…Sólo deseo ser lo suficientemente inteligente para poder valorarlo y disfrutarlo.


Pienso que el mayor tesoro que todos poseemos somos nosotros mismo,…es la vida. Y la mejor forma de valorarlo es  vivirla lo mejor que podamos e intentando ser felices.



Dentro de la mujer adulta que soy siempre seguirá existiendo la niña de poco más de tres añitos que pasó su primera infancia en un colegio de Navarra  y  con la que abrí este baúl de los recuerdos. Esa niña que  salía al recreo toda ilusionada para  ver su tesoro en un cristal con un papel enterrado, y que al quitar la tierra  que lo cubría el sol hacía que todo  brillara y fuera  un rayo de esperanza para ella. 

…Esa niña  que desde muy pequeña ya  empezó a soñar,… y que nunca ha dejado  de hacerlo.


uxue



Foto sacada hace dos años cuando volví al pueblo de Navarra, Muruzabal,  donde encontré mi primer tesoro,...justo en ese lugar.

lunes, 27 de abril de 2009

Nueva etapa escolar

Equipo de baloncesto





Un par de años antes de irme del internado decidieron hacer obras en el colegio.


Empezaron por el exterior e hicieron un patio mejor. Arreglaron el suelo y pusieron unas gradas de piedra para sentarse. Trajeron unas canchas de baloncesto, muy altas para nuestra altura en ese momento, pero no fue impedimento para que no las estrenáramos.


Allí, en ese patio pasaría mucho tiempo jugando a baloncesto.


Vino una mujer de fuera, que jugaba en un equipo de mayores y nos empezó a entrenar.

No era alta y a simple vista daba la impresión que no sabría jugar, pero estábamos erradas. Ella jugaba muy bien, fue base de su equipo. Era una persona agradable y con mucha paciencia.

Ella me enseñó mucho en este deporte, que me apasionó desde el principio y que me ayudó en mi forma de relacionarme y de abrirme a los demás.


También me venía muy bien como válvula de escape en la rutina diaria. Allí me olvidaba de todo, sólo pensaba en jugar y disfrutar.


Cuando estaba jugando y entrenando lo daba todo. Luchaba hasta el final, aunque el partido fuera muy difícil y pensara que era imposible ganar.


Para mí el entrenar y jugar lo era todo. Ya lloviera o nevara, siempre estaba dispuesta a jugar.

Creo que de haber estado enferma en esa época habría sido lo mismo, nada me habría parado.


Entonces jugábamos con faldita blanca, unos pololos blancos y un niki granate. Yo tenía el número nueve, que pasó a ser mi número favorito durante mucho tiempo.


Cada vez que me ponía la ropa del equipo para el partido sentía un cosquilleo especial. Era el principio de todo. Luego salíamos a calentar previo al partido y enseguida a jugar con una gran ilusión, peleando hasta el final.


Recuerdo que unos años después me escayolaron el brazo derecho y no dejé de entrenar. Me vino bien para aprender mejor con la izquierda.

Entonces entrenábamos en un colegio de Carabanchel, pues el entrenador nuevo era de allí. La distancia de mi casa a ese colegio era de más de hora y media, pero eso nunca impidió que faltara a un entrenamiento y menos a un partido.


El baloncesto era mi vida, lo necesitaba y mi ilusión era tremenda.


Estando en el internado se hicieron unos cursillos de entrenadora de ” minibasket”, para pequeños y aproveché para sacar el título.


Cuando estudiaba la carrera hice el cursillo de árbitro de baloncesto para arbitrar a los niños de edad escolar. A veces era tremendo. Nadie quería perder y lo fácil solía ser culpar al árbitro.


Fue una etapa bonita en la que disfruté mucho de ese deporte.


Seguí practicando el baloncesto unos años más, hasta venirme aquí y casarme.


Ahora, aunque me sigue gustando, ya no lo vivo como antes.


Antes formaba parte de mi vida, de mi día a día. Lo necesitaba.


Ahora sólo soy una espectadora más de este deporte.




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Cambio de colegio






Poco a poco llegaba a una nueva etapa escolar...


Cuando terminé octavo de primaria, mi madre, y con el consejo de las monjas del colegio, decidió que haría el bachiller o B.U.P, como entonces se pasó a llamar.


Este nuevo colegio era religioso también y no era gratuito. Mi madre tenía que pagar porque estudiara allí.

Pude haber ido a un colegio público, pero ella quería que fuera en éste.

Es algo que tengo que agradecerle mucho. No estaba aún preparada para ir a un colegio diferente al que había estado tantos años metida. El cambio habría sido demasiado brusco y creo que me habría perjudicado.

Apenas tenía dinero, pero no le importaba trabajar más para darme unos estudios.


El nivel de estudios era bastante alto y enseñaban muy bien. Eso me ayudaría a adquirir la base de la que carecía en ese momento y que ha sido mi etapa principal de formación académica.


Yo entonces no lo deseaba, no quería seguir estudiando. Pero tampoco quería estar todo el día en casa. Así que decidí hacer el bachiller. De esta forma estaba casi todo el día en la escuela.


Era una escuela de día, no era internado y después de las clases había que ir a casa.

Me pillaba bastante lejos de mi domicilio. A más de una hora y media de distancia.

Todos los días recorría trece estaciones seguidas y luego la caminata de una media hora hasta casa.


Los primeros meses del bachiller solía ir de la escuela nueva al internado anterior para estar con las amigas de antes. Todo con tal de no ir tan temprano a casa y no tener que estudiar.


La primera época de estudio fue un desastre. Aprobaba las cosas más difíciles como las matemáticas y la lengua española, donde tenía facilidad sin estudiar y suspendía la historia y lo que era más de hincar los codos.


Yo quería dejar de estudiar y mi madre y la directora del nuevo colegio insistían en que tenía capacidad y que era una pena que no siguiera.


Recuerdo que en esa época, estando en un pueblo de Segovia en casa de unos familiares, me caí de una buena altura y fue la única vez que me tuvieron que escayolar. No tenía nada roto, sólo me molestaba, pero mi madre insistió tanto en que me escayolaran que el médico aceptó.


No sé por qué, ni el momento concreto, pero sí recuerdo bien que a raíz de esa caída es cuando empecé a plantearme mejor los estudios.


Empecé a estudiar poco a poco y me daba cuenta que entendía las cosas y que no me costaba tanto como pensaba.


Las trece estaciones diarias en el metro contribuyeron a mi estudio, pues era donde me dio por leer y comprender que tenía capacidad para el estudio.


Al principio los profesores se mosquearon conmigo en los exámenes por el cambio de notas. Pues de sacar suspensos en historia y Naturales, mejoré notablemente y los primeros controles estuvieron vigilándome.

Poco a poco ellos también empezaron aceptar que había cambiado de veras y que deseaba aprender.


A partir de entonces no volví a suspender una asignatura. Es cierto que algunas me costaban más que otras, pero estudiaba todo y sobre todo en clase atendía y preguntaba mucho.

El aprovechar el tiempo de clase era lo que más me ayudó en los estudios, pues ahorraba mucho tiempo luego a la hora de repasar las lecciones.


Lo mío no era sólo estudiar. Al llegar a casa tenía que hacer las cosas de allí, tanto la casa como la comida, ya que mi madre seguía trabajando en dos lugares y yo tenía que preparar las cosas para mi hermano, para ella y para mí.


Fue una etapa diferente, con varios altibajos y que supuso un cambio radical en mi forma de ver las cosas y mi actitud ante la vida y la gente.


La directora, que por cierto también era monja y que me ayudó mucho en esta etapa, me diría después en más de una ocasión, que había cambiado mucho, que tuvieron miedo de que yo en algún momento tirara la toalla y dejara de estudiar.

Ella estaba segura que de haber hecho esto me habría perdido y habría sido fatal para mí.


Y es cierto:

De no haber insistido, tanto ella como mi madre, para que siguiera estudiando yo habría salido del colegio y estoy segura de que ahora no estaría aquí contando esto.


En este colegio estuve cuatro años. Los tres de bachiller y el C.O.U


Cuando estaba en C.O.U, y poco antes de hacer los trámites sobre lo que deseábamos hacer los próximos años, pensé en hacer una carrera de químicas o biología.


Recuerdo un día, casi terminando ya el último curso, que el profesor de Filosofía preguntó en clase qué haríamos el próximo año.

La gente iba respondiendo y yo me callé en ese momento.

De pronto él preguntó quién deseaba dedicarse a la docencia y allí, y sin pensarlo, alcé la mano.

Nunca antes se me había ocurrido hacer esa carrera, pero fue oír la pregunta cuando supe inmediatamente que deseaba ser maestra.


Así que preparé los papeles de inscripción y puse en primer lugar Magisterio.


Esta ha sido una de las decisiones más acertadas que he tenido. Pues esta carrera me ha ayudado mucho tanto académica como personalmente.


Mi carrera sí que fue por vocación. Me apasiona la enseñanza. Enseñando también se aprende. Y yo he aprendido mucho en estos años.

Ojalá lo siga haciendo.


uxue



sábado, 28 de marzo de 2009

Mi día a día en el internado...

El día a día...


Intento hacer memoria de esos años en el internado y es increíble las cosas que tenía olvidadas.

Recuerdo nuestros recreos sobre todo después de la comida. Era cuanto más tiempo libre teníamos para jugar.

Jugábamos a la goma en grupos. Según cuántas fuéramos hacíamos un triángulo, cuadrado, pentágono o hexágono de dos grupos. Se colocaba un grupo en los extremos formando esa figura y las demás saltábamos a medida que la goma adquiría cada vez más altura.

Ahora no veo ese tipo de juegos en los colegios.


Otro juego de esa época era varias formas de saltar la cuerda. Y "el truque" con una piedra que tenía que pasar por una figura sin pisar las líneas.

También estaban los juegos de balón prisionero y del escondite.


Iba por modas y siempre en función de lo que traía alguna chica de su casa, pues no todas teníamos juegos para jugar y dependíamos de lo que traían las amigas. Eso sí, si quien traía algo se enfadaba con alguna de nosotras, nos quedábamos sin terminar el juego, se lo llevaba consigo y nos dejaba sin nada.


No parábamos quietas en los recreos, sobre todo en invierno que hacía mucho frío y no llevábamos abrigo en el patio. Sólo la falda y un jersey cerrado. Teníamos que movernos para no congelarnos.


Unos años más tarde pusieron una televisión en una salita.

No era siempre. No sé fijo los días, era más según decidiera la persona que nos cuidaba en ese momento.

Algunas veces coincidió antes de acostarnos y ahí es cuando me viene a la mente un detalle que se dio en esa época debido a la televisión:

A veces ponían alguna película, entonces las calificaban con rombos para que los mayores supieran cómo era y si se podía ver.

En esa época la calificación era extremista, pues con un simple beso ya tenía los dos rombos. Con un rombo era normal que salieran muchas. A no ser infantiles, de humor o de religión... la mayoría lo tenía.

Recuerdo que cuando empezaba la película con los títulos siempre estábamos pendientes que no entrara la cuidadora y lo viera. A veces hasta la entreteníamos para no se diera cuenta. Durante la peli no salían de nuevo los rombos, sólo era al principio. De ahí que anduviéramos pendientes para que la monja no lo advirtiera.

De cualquier forma casi siempre se enteraba, pocas veces resultó de ver alguna película con los rombos.


Hubo una temporada que decidieron llevarnos los domingos al cine a las niñas que no salíamos a casa.

Íbamos andando al “Parque Móvil”, así se llamaba el sitio donde estaba el cine y veíamos una película. Luego volvíamos casi en fila india al colegio de nuevo.


Lo del cine no duró mucho tiempo. Y al igual que nos dieron ese privilegio nos lo quitaron sin más. No sé el motivo, sólo recuerdo que íbamos al cine algunos domingos.




Las vacaciones de verano...



De Navidad no recuerdo mucho. Los primeros años las pasé en el colegio y más adelante iba a casa a pasar unos días.


De la época de verano sí que recuerdo más y lo pasaba mejor.

Los primeros dos veranos que estuve allí íbamos dos meses al colegio de Navarra. Ya no me afectaba. Estaba en el otro lado que hacía unos años y eso me hacía sentir bien y especial. Ahora era yo una de las chicas que iba allí de vacaciones, pero luego volvería de nuevo a Madrid.

No me preocupaba, ni me preguntaba por qué no iba a casa de vacaciones. Lo importante es que iba de vacaciones a otro sitio y que luego me volvía a Madrid.


Al cabo de unos años hubo un cambio en los lugares de vacaciones, ya no iríamos a Navarra.

Ese primer año de vacaciones después del cambio fue muy especial. Tuvimos doble salida y a dos sitios diferentes.

En julio fuimos casi un mes a un pueblo de Soria y ya era otro tipo de vacaciones. El sitio era diferente, más variado y entretenido. Había más animación en ese pueblo.

Ese mismo año en Agosto, se formaron grupos de niñas y cada grupo iba a un sitio. A mí me tocó ir a Almería por veinte días.


Qué alegría me dio eso!!

Nunca había ido a otro sitio que no fuera Navarra y ese año encima a dos lugares. Además, el hecho de ir a la playa era una novedad para nosotras y nos hacía mucha ilusión.


Recuerdo que cuando me enteré que ese año íbamos a dos sitios diferentes estuve casi dos meses contando los días que me quedaban para las vacaciones.


Cuando nos dieron la ropa de verano, estaba muy contenta. Por primera vez nos daban pantalón corto con niki. Por dos meses dejábamos ya las faldas y el uniforme serio que teníamos durante el tiempo escolar. Ïbamos más alegres y a gusto con esa ropa.


De Almería sí recuerdo algo diferente y es el agua de allí. Pasé muchísima sed. El agua estaba malísima y por primera vez empecé a beber leche, que no me gustaba. Era preferible al agua que había allí.

El poco dinero que había dado mi madre a las monjas para que lo distribuyera en el tiempo que estaba allí lo utilizaba sobre todo para comprar un refresco de naranja y poder aliviar la sed un poco.

El calor que hacía allí era agobiante y con la sed se acrecentaba más.


Por lo demás, fue una experiencia muy buena el salir a la playa y visitar otro lugar. Eso sí, cuando llegamos a Madrid creo que en unos días no hacía más que beber agua.


Uno no aprecia lo que tiene todos los días hasta que carece de ello. Eso me sucedió ese año con el agua, que no la valoré hasta que carecí de ella y pasé tanta sed como en Almería.


Ese verano fue especial por ir a dos sitios. Pero los veranos más bonitos fueron después, cuando fuimos de vacaciones a Galicia.

Creo que tendría unos once años cuando empezamos a ir a un pueblo de Vigo.

Qué sitio más bonito, qué gente más maravillosa conocimos allí. Fueron los mejores veranos de mi internado.


Íbamos a la playa por las mañanas a bañarnos. Eso sí, después de hacer las dos horas de digestión, pues las monjas eran muy severas en eso.

Ahí estábamos contando los minutos para meternos al agua. Cuando era la hora, la monja tocaba el silbato y antes que terminara ya estábamos dentro. Daba igual cómo estuviera el agua, a veces te dejaba sin respiración en el primer momento, pero yo siempre entraba sin pensarlo y con una sonrisa enorme. Me encantaba bañarme y disfrutar de ese lugar.


Por las tardes salíamos de paseo por el puerto. A las más mayores nos dejaban solas andar por ahí y recuerdo que me pasaba las horas mirando a los pescadores cómo trabajaban descargando todo, ... luego cómo cosían las redes que se habían roto en durante el viaje pescando.

Me encantaba escucharles hablar entre ellos. No les entendía, pero no importaba, me gustaba mucho su forma de hablar y de trabajar.

Era bastante callada, pero algunas veces al saludarnos ellos preguntábamos cosas y se establecía una comunicación.

Era un sitio precioso, de gente sencilla y muy trabajadora.


Dos años seguidos fuimos a un mismo pueblo de Vigo “Bueu”. El último año de vacaciones fuimos a otro, también de Vigo, llamado “El Grove”.


No he vuelto a ir más por allí y es un sitio que me gustaría visitar de nuevo.


uxue



El lugar que me rodea

El lugar que me rodea