En la costa de Rabat
Esta navidad ha sido muy especial para mí.
Estos últimos años atrás sentía tristeza por estas fiestas.
La tristeza que produce la pérdida de los seres queridos, que nos dejaron y que no podrán volver.
La pérdida de esa niñez plagada de ilusiones, que nos animaba a poner los zapatos en la ventana y soñar con el día siguiente.
La pérdida de la niñez de nuestros hijos, que nos contagiaba de su propia ilusión, haciéndola también nuestra.
Me encantaba ver sus caritas en Nochebuena esperando al Olentzero, que venía el día de Navidad a nuestra casa.
Esas caritas llenas de ilusión y esperanza. Cómo les ponían a la noche el turrón y un poco de licor para que el Olentzero se calentara después del largo camino a las casas y poder hacer realidad esos sueños que tienen los niños y que muchos adultos hemos perdido.
Recuerdo cómo en el caserío, a donde llegaban los reyes, les ponían turrón en la entrada, la copita de licor y sobre todo lechuga para los camellos, pues de ellos dependía que los Reyes Magos llegaran a los hogares para seguir sin desfallecer.
Esas Navidades desaparecieron hace tiempo, y cada año que pasaba esta ausencia hacía que la ilusión se fuera apagando. Que estos días fueran como una neblina, una luz casi extinguida.
Este año, las Navidades han sido muy diferentes.
No ha sido una Navidad de regalos, ni de luces brillantes, ni comidas especiales. Han sido especiales para mí porque al fin las he vivido con ilusión y esperanza. Con la ilusión que da la tranquilidad, con la ilusión que da el sentirse bien,…el desprenderse de la mochila que a uno le agobia, de sentirse en paz con uno mismo.
En retomar el camino que había emprendido hace tiempo y que estaba perdiendo el rumbo haciendo que el cansancio fuera mayor.
Y también han sido especiales porque he hecho un viaje que ha significado mucho para mí. Un viaje que temía hacer, pues nunca había salido al extranjero y la primera vez lo hacía a un país muy diferente al nuestro.
Un viaje que me ha ayudado a ver la vida de otra manera, a sentirla de otra forma, y sobre todo, a valorar más a las personas que más quiero.
Cómo me alegro de haber seguido adelante!!. Me habría perdido tanto de haberme echado atrás!!!.
Mi viaje fue a Marruecos. Concretamente dos días en Rabat, uno en Casablanca y tres a Marrakech. En este último lugar es donde más a gusto me sentí y el que más me impresionó, tanto por la gente como por lo que allí veía.
Estaba tentada a escribir un diario con los días que pasé en ese país, qué hicimos y por dónde fuimos,…pero no es lo que deseo contar.
Lo que de veras me interesa es transmitir mis sensaciones, mis vivencias de esos días.
Aquellos momentos que me hicieron pensar, reír y estar triste por lo que veía o sentía.
Aquellos momentos que marcaron la diferencia, los que hicieron que el viaje fuera tan especial y que ya formen parte de mi recuerdo y de mi corazón.
Hablaré de esos momentos cotidianos, cómo los viví…y cómo ahora, después de un par de días de vuelta, siguen vivos dentro de mí, como si estuviera allí.
Un momento muy especial fue el día de la partida:
Cuando dejamos a mi hijo mayor en un Centro especial donde pasaría unos días de colonias. Se quedó muy contento allí, le encanta ese lugar. Le cuidan, le miman y él se deja querer.
Él no vino de manera física, era imposible, pero en todo momento formó parte de nosotros en el viaje, siempre estuvo presente. No hace falta tener a esa persona siempre conmigo para sentirla a mi lado,… y él también me acompañó en este viaje.
Seguido fuímos a Bilbao y en autobús rumbo al aeropuerto de Barajas.
Otro momento entrañable fue cuando nos encontramos en Casablanca con mi segundo hijo, que se había ido una semana antes. Allí nos esperaba con ilusión y mucho que compartir…y con el cariño que transmitía en lo que hacía y en cómo se había preocupado de todo para que su hermano pequeño y yo nos sintiéramos a gusto.
Él nos hacía de intérprete, se le notaba la experiencia adquirida de los viajes hechos a la India y a Jordania. Eso me daba seguridad y me ayudó mucho.
Una de las primeras cosas que me impresionaron bastante de ese lugar fue el tráfico. La cantidad de coches que había y la forma de conducir. No había control, los pasos de cebra, aparte de ser escasos, nunca se respetaban.
Este detalle se intensificó aún más en Marrakech, donde personas y automóviles se mezclaban en la carretera. Yo ya no esperaba a que pararan, hacíamos como los demás lugareños, cruzábamos la carretera sorteando los coches, motos, bicis, y carros con o sin caballo, ya que algunos los llevaban las personas con la fruta o cosas que transportaban.
El caos era absoluto en el tráfico, formaba parte de las ciudades que visitamos.
De repente veías a un anciano cruzando despacio la carretera, sin mirar y los vehículos haciendo zigzag para bordearle y seguir su recorrido.
Al final le quité el miedo y ya cruzaba como ellos, pasando entre los coches y viendo que sí podía,…eso me dio la seguridad de sentirme una más en ese mundo caótico que era la circulación en esas ciudades.
Marrakech
Otra cosa que aprendí fue a regatear. Era una continua lucha de voluntades entre los lugareños y nosotros para llegar a un acuerdo.
Aunque ellos rebajaban el producto, al final conseguían lo que querían. Y en más de una ocasión nos engañaron por ello.
Ellos son los expertos en el regateo y aunque pensemos que hemos ganado al conseguir lo que deseamos por el precio convenido, al final me di cuenta que entre tanto tira y afloja de números, uno baja la guardia y ellos acaban ganando.
Un ejemplo de ello fue con una tetera que deseaba. Yo no quería pagar demasiado y ellos no querían perdernos como clientes. Después de mucho acordar por el precio, y en un juego de manos que no me di cuenta, me la cambiaron por otra de menor calidad y que metieron en la bolsa que me dieron. Al llegar al hotel me di cuenta del engaño. Me sentó mal cuando me enteré y le di varias vueltas a la cabeza con el tema.
Al final llegué a la conclusión que, en cierta forma, estaban en su derecho. Ése es su lugar, es su vida y se la ganan vendiendo. Yo, pudiendo comprarlo a su precio, quiero conseguirlo más barato aprovechándome de su necesidad imperiosa de vender, sin valorar lo que cuesta hacerlo.
Fui el burlador burlado, pero lo que ayer me afectó hoy dejó de tener importancia, pensando que en el fondo eso forma parte de su supervivencia y ellos necesitan más ese dinero para sobrevivir.
Marrakech.. en la entrada al barrio judio
Otro de los momentos fue con respecto al cuarto de baño.
En el viaje a Rabat la habitación no tenía baño, estaba al final del pasillo y era de los que no tenían taza de váter, por lo que era muy incómodo y la ducha estaba en el extremo opuesto. El lavabo estaba en el mismo pasillo común a todos los huéspedes, por lo que si querías lavarte la cara o los dientes lo hacías delante del que pasaba por ese pasillo.
En Casablanca, el baño estaba afuera también, pero más cercano y ya había váter y la ducha estaba más caliente que en Rabat.
Un nuevo logro que me alegró y me hizo sentirme aún mejor.
Y ya en Marrakech, conseguimos lo que deseábamos y de acuerdo a nuestro presupuesto, que era bastante limitado:
El placer de poder disfrutar de un baño completo en el propio cuarto me hizo valorar más lo que tengo en casa y que por ser tan común aquí apenas nos damos cuenta de lo afortunados que somos con ese simple detalle aquí y no tan simple allí.
Otro detalle de estos lugares era la cantidad de taxis que había y siempre pendiente de llevarnos a un lugar.
Le decíamos que pusieran el taxímetro, pero no había forma. En Casablanca lo logramos, pero en los demás sitios hubo que pactar el precio antes de montarnos, con un nuevo tira y afloja del regateo, que cada vez nos era más familiar.
En cualquier calle había puestos, de ropa, de comida, de objetos,… nuevos o de segunda mano,…se vendía de todo…el bullicio era grande, la gente no paraba de un lado para otro,…y en esos momentos, me invadió otra sensación fuerte y que formaría parte constante de mi viaje a Marruecos, y eran los olores. Allí las especias tienen mucha relevancia, se cocina todo con especias y el olor es bastante intenso. Los olores nos invadían a cada paso que dábamos. Eran muy variados y a cada cual más fuerte.
Las comidas eran con esas especias y a mí me costaba digerirlas.
A menudo te encontrabas con una mezquita, inmensa en su altura. La vimos por fuera, ya que estaba prohibido entrar dentro a los de fuera.
En cualquier lugar de la ciudad se oía el aviso para el rezo que se hacían a diferentes horas del día. El de las 6 de la mañana, en el silencio de la noche, era el primero que escuchaba.
Mezquita Hassan II (El templo más alto del mundo), de Casablanca
Siempre había alguien del lugar que nos calaba enseguida como turistas y nos seguían de manera constante, pendiente de hacer de guías para conseguir un dinero. A menudo teníamos que decirles que no, pues si uno se descuidaba estabas rodeado de mucha más gente para acompañarnos.
En cualquier lugar encontrabas gente con la mano extendida pidiendo dinero. Personas enfermas o discapacitadas, apelando a nuestra compasión para conseguir unas monedas que les ayudara a vivir un poco mejor.
Algo que me sorprendió y me conmovió fue el ver a un chico, no mayor que mi hijo adolescente, cómo guiaba del hombro a otro chico que estaba ciego, y éste a su vez guiaba a otro menor, también ciego. Era un contraste con el bullicio que había en la plaza del zoco, cómo se mezclaban con los demás, andando en silencio, sin pedir, sólo paseaban dirección algún lugar que sólo ellos sabrían.
El domingo, después de desayunar se nos acercó una niña con pañuelos de papel. No molestaba, sólo nos acompañaba alargando la mano.
No se puede dar a todos los que piden, y aunque eso nos daba impotencia teníamos que hacer la vista a un lado e ignorarlo. Pero en este caso no pude, veía a la niña cómo me miraba y, sin decirme nada, me ofrecía el paquete de pañuelos.
Algo se movió dentro de mí. Les dije a mis hijos que acabábamos de desayunar sin preocuparnos de la falta de comida,…y no podíamos ignorar esa niña, que igual no tenía qué comer. Mis hijos opinaron lo mismo y le dimos unas monedas.
No hubo palabras, pero ambas sonreímos y se fue corriendo a por su madre, pues al fin había conseguido vender un paquete de pañuelos.
La sonrisa que nos ofreció es algo que tengo en mi mente y que cuando la recuerdo me hace sonreír de nuevo.
Qué poco se necesita para hacer sonreír a un niño, y que pena es no poder hacerlo más a menudo.
Otro detalle que me sorprendió mucho y me dio qué pensar, era la educación con que se acercaban a nosotros. Al llegar al aeropuerto un hombre, que nos ayudó a rellenar los papeles para el control de policia, le pidió permiso a mi hijo pequeño antes de dirigirse para hablar con él y hacerle una pregunta. Mi hijo se quedó asombrado por la forma de hablar y la educación que mostró hacia un chico. Cuando preguntabas algo en el tren enseguida te decían con todo detalle cómo ir, y estaban pendientes de que no te desviaras de la parada. En el tren había mucha tranquilidad, invitaba a relajarte y disfrutando de ese singular y maravillos paisaje lleno de contrastes.
Ahh!!! Y no olvidaré los momentos de descanso, cuando nuestros pies ya no respondían de tanto caminar, entonces nos íbamos al hotel y los tres jugábamos a las cartas, reíamos y protestábamos si no nos salía lo que deseábamos para ganar. Cómo disfrutábamos de esos momentos! que se repetirían todos los días, incluso en el avión de vuelta a Madrid vinimos jugando a las cartas y riendo.
Era una manera de prolongar más nuestras vacaciones, esas sensaciones y experiencias que nos acompañaran a los tres; cada uno a su manera y de una forma muy especial.
Pasaron más cosas, muchas caminatas, mucho que mirar y de qué asombrarnos. Pero lo principal es que estuvimos todos juntos, los cuatro: un hijo en la distancia pero siempre presente, y los otros dos ayudándome, guiándome y haciéndome de rabiar con sus bromas.
Han sido unas Navidades muy especiales que siempre tendré en mi memoria y, sobre todo, en mi corazón.
Marrakech
uxue